martes, 3 de diciembre de 2024

La IA y el lenguaje

La IA y el lenguaje

 

Muy cerca de mi ocaso yo te bendigo, vida…. Y sí, estoy viva. Porque soy 1 sobreviviente. Y pongo directamente el número porque así cada cual lo lee como quiere: un, una, une. No hay nada más inclusivo que los números. Pero solo porque no tienen género y nadie discute, porque si es por cantidad no son nada inclusivos, mis números son infinitamente menores que los de las 3 M (Musk, Macri, Milei). Y ahora que las escribí me doy cuenta de cuántos M tenemos en esta sociedad.

Bueno, volviendo a lo de arriba: y sí, te bendigo, no me queda otra. Fuiste bastante generosa conmigo y esto lo digo sobre todo porque hoy me siento alegre. No sé por qué, sí, algo sé: porque estuvo Emi en mi casa y me alegró, mi estudiante… progresa, está mejor, recibe mis palabras. Tal vez mi alegría es la de Hollis en “Calidoscopio” de Bradbury o la que racionaliza Facundo Manes que libera endorfina o la del sol que entra por la ventana. Además, descubro que un poco estoy dentro de su corazoncito, que me escucha, que mis palabras las guarda, las cultiva como un jardín. Como aquellos versos que escuché sin entender a mis doce años, los que nos dejó la vieja de Pérez (lo de vieja lo digo con amor, era una mujer mayor, muy digna y coqueta, con cierto aire veleidoso). La recuerdo sentada no frente al escritorio sino medio de costado y en el banco de adelante, las piernas elegantemente cruzadas, con su viejo y despelechado saco de piel –no, no era ecologista- dictándonos aquellos versos: “Para mi honda pobreza de distancias esta ventana es una mano abierta. En la mano, rugosa de caminos, su pañuelo de cielo me consuela…” Muchos años permanecieron en mi memoria esas palabras, que a los doce no entendía bien pero que con el tiempo fueron abriendo su misterio. Eso es la educación, un arte efímero que permanece.  

Y siguiendo con los números, son el escenario de la IA en tanto el ser humano es un ser de palabras. Ayer lo escuché al sicoanalista de la revista “La peste de Tebas” y me alegré porque ¡dijo algo que antes había dicho yo! Esto es: que así como el rasgo que define a la especie de las aves es que tienen alas, lo que nos define a los seres humanos es el lenguaje, las palabras. Y agregó: si de pronto, en el aire, un pájaro pierde sus alas emplumadas, se precipita al vacío, como el ser humano cuando pierde las palabras.

Porque somos seres de lenguaje. Lo dijo un sabio: Humberto Maturana. Por eso me pasó que en una reunión de docentes y en clase con las alumnas me quedé perpleja porque hablaban de ‘niños sin lenguaje’. Yo y mi querida amiga, Ana Cambre, abrimos grandes los ojos y explotamos: pero cómo, negar que un niño tiene lenguaje es desconocer que es un ser humano, y todo docente tiene que partir del hecho de que sus alumnos lo son.

Ahora bien: la IA es la dictadura de los números y siglas y como dictadura que es resulta antipática. Por qué digo esto: porque ahí los individuos somos algoritmos. Y los algoritmos sí, comunican, conectan, pero no tienen ninguna posibilidad de representación. Por ejemplo, yo me llamo Gladys. Nunca simpaticé con esa sucesión de sonidos: g-l-a, tal vez porque el movimiento articulatorio para producirlo en la boca lo asociaba al vómito, a regurgitar. No me sonaba lindo. Después, cuando leí o escuché alguna radionovela, comprobé que era y es todavía un nombre común para la sirvienta, al menos en las novelas inglesas. Perdón, no es que las desprecie pero, si las tareas domésticas –lavar platos, planchar y peor en verano, fregar pisos- no son nada divertidas, mucho menos lo son si las hacemos para otra persona que además pasa el dedo después por la superficie o desconfía del vuelto de la verdulería. Al menos es lo que siento, disculpen los que no comparten mi sentir.

Bueno, como decía, mi nombre no me gustaba por la sucesión de fonos y por la asociación que hacía, hasta que una vez descubrí que glad- puede asociarse a gladiador- o sea ‘soldado, peleador, guerra’ ¡uy, todavía peor, me gusta menos! pero también a su otro significado: ‘alegre’. Y por qué no pensar entonces que mi madre me quiso llamar así para asegurarme una vida de alegrías, de todo tipo: mirar una flor, comer algo rico y en buena compañía, ayudar a otro, o vivir eso que, metafóricamente, algunos designan justamente con ese nombre.

En cambio la IA se maneja con algoritmos. Yo por ejemplo soy Lñ5#1&2=R//aA. ¿qué me dice eso, qué le dice a mis amigos? Lo mismo le pasa a Emi, ahí no me reconoce. Pero sobre todo ¿cómo recordarlo? Porque los números, si bien son ‘inclusivos’, no connotan, o sea no se asocian con los significados. Ahí está el gran problema.

Esto en parte también se da en el lenguaje en su sentido tradicional, hay palabras connotativas y otras que no lo son. Pero no interesa tanto esta clasificación sino cuando en la práctica se relaciona con los años y las edades y los que todavía no lo son desprecian a los viejos porque no recuerdan algo. Difícil no recordar en salud lo que significan flor, azul, tierra, árbol, ni tampoco Evita, Gardel, Italia, Océano Atlántico, Einstein, pero en cambio muchos no recuerdan los nombres de… Bueno, perdón, no me acuerdo los tres nombres que traía de ejemplos –uno era el del ingeniero alemán que inventó la bicicleta, otro el de la amante del Zar Pedro el Grande, finalmente el de la india guaraní que tuvo un hijo mestizo que después fue un famoso general de nuestra revolución.