La IA y el
lenguaje
Muy cerca de mi ocaso yo te bendigo,
vida…. Y sí, estoy viva. Porque soy 1
sobreviviente. Y pongo directamente el número porque así cada cual lo lee como quiere: un,
una, une. No hay nada más inclusivo que los números. Pero solo porque no tienen
género y nadie discute, porque si es por cantidad no son nada inclusivos, mis
números son infinitamente menores que los de las 3 M (Musk, Macri, Milei). Y
ahora que las escribí me doy cuenta de cuántos M tenemos en esta sociedad.
Bueno,
volviendo a lo de arriba: y sí, te bendigo, no me queda otra. Fuiste bastante
generosa conmigo y esto lo digo sobre todo porque hoy me siento alegre. No sé
por qué, sí, algo sé: porque estuvo Emi en mi casa y me alegró, mi estudiante…
progresa, está mejor, recibe mis palabras. Tal vez mi alegría es la de Hollis
en “Calidoscopio” de Bradbury o la que racionaliza Facundo Manes que libera
endorfina o la del sol que entra por la ventana. Además, descubro que un poco
estoy dentro de su corazoncito, que me escucha, que mis palabras las guarda,
las cultiva como un jardín. Como aquellos versos que escuché sin entender a mis
doce años, los que nos dejó la vieja de Pérez (lo de vieja lo digo con amor,
era una mujer mayor, muy digna y coqueta, con cierto aire veleidoso). La
recuerdo sentada no frente al escritorio sino medio de costado y en el banco de
adelante, las piernas elegantemente cruzadas, con su viejo y despelechado saco
de piel –no, no era ecologista- dictándonos aquellos versos: “Para mi honda
pobreza de distancias esta ventana es una mano abierta. En la mano, rugosa de
caminos, su pañuelo de cielo me consuela…” Muchos años permanecieron en mi
memoria esas palabras, que a los doce no entendía bien pero que con el tiempo
fueron abriendo su misterio. Eso es la educación, un arte efímero que
permanece.
Y
siguiendo con los números, son el escenario de la IA en tanto el ser humano es
un ser de palabras. Ayer lo escuché al sicoanalista de la revista “La peste de
Tebas” y me alegré porque ¡dijo algo que antes había dicho yo! Esto es: que así
como el rasgo que define a la especie de las aves es que tienen alas, lo que
nos define a los seres humanos es el lenguaje, las palabras. Y agregó: si de
pronto, en el aire, un pájaro pierde sus alas emplumadas, se precipita al
vacío, como el ser humano cuando pierde las palabras.
Porque
somos seres de lenguaje. Lo dijo un sabio: Humberto Maturana. Por eso me pasó
que en una reunión de docentes y en clase con las alumnas me quedé perpleja
porque hablaban de ‘niños sin lenguaje’. Yo y mi querida amiga, Ana Cambre,
abrimos grandes los ojos y explotamos: pero cómo, negar que un niño tiene
lenguaje es desconocer que es un ser humano, y todo docente tiene que partir
del hecho de que sus alumnos lo son.
Ahora
bien: la IA es la dictadura de los números y siglas y como dictadura que es
resulta antipática. Por qué digo esto: porque ahí los individuos somos
algoritmos. Y los algoritmos sí, comunican, conectan, pero no tienen ninguna
posibilidad de representación. Por ejemplo, yo me llamo Gladys. Nunca simpaticé
con esa sucesión de sonidos: g-l-a, tal vez porque el movimiento articulatorio
para producirlo en la boca lo asociaba al vómito, a regurgitar. No me sonaba
lindo. Después, cuando leí o escuché alguna radionovela, comprobé que era y es
todavía un nombre común para la sirvienta, al menos en las novelas inglesas.
Perdón, no es que las desprecie pero, si las tareas domésticas –lavar platos,
planchar y peor en verano, fregar pisos- no son nada divertidas, mucho menos lo
son si las hacemos para otra persona que además pasa el dedo después por la
superficie o desconfía del vuelto de la verdulería. Al menos es lo que siento,
disculpen los que no comparten mi sentir.
Bueno,
como decía, mi nombre no me gustaba por la sucesión de fonos y por la
asociación que hacía, hasta que una vez descubrí que glad- puede asociarse a gladiador-
o sea ‘soldado, peleador, guerra’ ¡uy, todavía peor, me gusta menos! pero
también a su otro significado: ‘alegre’. Y por qué no pensar entonces que mi
madre me quiso llamar así para asegurarme una vida de alegrías, de todo tipo:
mirar una flor, comer algo rico y en buena compañía, ayudar a otro, o vivir eso
que, metafóricamente, algunos designan justamente con ese nombre.
En
cambio la IA se maneja con algoritmos. Yo por ejemplo soy Lñ5#1&2=R//aA.
¿qué me dice eso, qué le dice a mis amigos? Lo mismo le pasa a Emi, ahí no me
reconoce. Pero sobre todo ¿cómo recordarlo? Porque los números, si bien son
‘inclusivos’, no connotan, o sea no se asocian con los significados. Ahí está
el gran problema.
Esto
en parte también se da en el lenguaje en su sentido tradicional, hay palabras
connotativas y otras que no lo son. Pero no interesa tanto esta clasificación
sino cuando en la práctica se relaciona con los años y las edades y los que
todavía no lo son desprecian a los viejos porque no recuerdan algo. Difícil no
recordar en salud lo que significan flor, azul, tierra, árbol, ni tampoco
Evita, Gardel, Italia, Océano Atlántico, Einstein, pero en cambio muchos no
recuerdan los nombres de… Bueno, perdón, no me acuerdo los tres nombres que
traía de ejemplos –uno era el del ingeniero alemán que inventó la bicicleta,
otro el de la amante del Zar Pedro el Grande, finalmente el de la india guaraní
que tuvo un hijo mestizo que después fue un famoso general de nuestra
revolución.